13 de agosto de 2009

Poder y Pileta


Esta nota fue publicada en Crítica de la Argentina el 3 de julio de 2009, luego de la derrota del 28. Su autor es Silvio Santamarina. No coincido con todas sus opiniones, pero ésta me gustó mucho. Aquí se las dejo, y sirve para explicar la movida del fútbol también, ya que estamos. Acá está entera. Acá abajo, la parte que quería mostrarles:


(...) Una fuente con acceso cotidiano a la cúpula del multimedios asegura que su CEO, Héctor Magnetto, pronosticó, cuatro días antes de los comicios, el triunfo de Néstor Kirchner y que, de acuerdo a eso, a partir del lunes había que prepararse para “la batalla final”. Es más: también hay testigos del estado de conmoción y angustia de un altísimo ejecutivo del grupo en la medianoche del 28 de junio, cuando ya aparecía una tendencia clara en el centro de cómputos a favor de Unión PRO. Este ejecutivo temía que el escrutinio incompleto, que daba una derrota del oficialismo, llevara a Clarín a titular en falso el diario del lunes y que por la mañana, finalizado el recuento de votos, el resultado definitivo fuera una victoria ajustada de Néstor en la provincia de Buenos Aires. Es decir, en Clarín temían caer en una maquiavélica trampa de inteligencia orquestada por el kirchnerismo para dejar mal parado al multimedios de cara a la pulseada por la vieja ley de Radiodifusión y su alternativa K.

Más allá de los intereses comerciales y de los recelos personales, ¿qué significa esta anécdota? Que siempre se tiende a sobrestimar el poder de los grandes jugadores de la política, y a decretar como inexorable su capacidad de controlar los escenarios de batalla. Ni Clarín tenía todo bajo control, ni Néstor se había garantizado con trucos politiqueros el triunfo en el conurbano.


Para entender esto es imprescindible liberarse de los prejuicios a la hora de evaluar la naturaleza de los líderes políticos y/o empresariales. Buenos o malos (la moral es otra cuestión), lo que define a los grandes acumuladores de poder y dinero es su capacidad para lanzarse a lo desconocido, empujados por el apetito de ganar más. Es cierto que se rodean de asesores que les calculan probabilidades y les diseñan herramientas para avanzar con cierta previsibilidad. Pero el problema es que, si quieren crecer, hay momentos en que deben chocar con otros grandes y ambiciosos como ellos, que también le pagan a un ejército de técnicos y operadores para que les construyan escenarios de éxito. Y ahí sólo queda la intuición del líder. Cuando se acaba el diagnóstico y la opinión experta no alcanza para tomar la decisión ganadora, justo ahí aparece la naturaleza más profunda del que manda. En esas situaciones límite, el conductor se aferra a su intuición ciega, no porque esté seguro de que sea correcta, sino porque sabe que tiene que tomar una decisión urgente y sin retorno. Cuando no queda más que analizar, sólo los líderes se tiran a la pileta de cabeza sin saber si hay agua. Por eso lideran. Los demás –el resto de los mortales– nos quedamos esperando certezas que nunca llegarán o que llegarán demasiado tarde. El líder, en cambio, encarna la certeza misma. En eso reside su locura, pero también su dominio."